martes, 13 de julio de 2010

PARA QUE NADA NOS SEPARE... QUE NADA NOS UNA

Ayer se celebraba el 106 aniversario del nacimiento del chileno más ilustre (bueno, también están Lucho Gatica, Don Francisco, Iván Zamorano o Fernando González, pero un poquito de lejos...): de cuna se llamó Ricardo Eliezer Neftalí Reyes Basoalto, pero al publicar su poesía, y debido a la vergüenza familiar que causaba su devoción por las artes y las letras, decidió cambiar su nombre por un seudónimo que posteriormente legalizó: Pablo Neruda. Para la gran mayoría, desde los entendidos hasta los que disfrutamos hasta leyendo el MARCA, se le considera el mejor poeta del S. XX en cualquiera de las lenguas habladas y escritas. Supo hablar del amor con pasión desmedida, y más allá de su poesía intimista (la mejor), su obra también reflejaba su preocupación por las desigualdades sociales y su compromiso político no sólo con Chile sino también con Argentina, con España y la Guerra Civil...

Alternaba su pasión por la poesía con su cargo diplomático, viajó por muchos paises, amó a las mujeres (se casó en varias ocasiones)... Fué nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Oxford y obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1971. El periplo vital de Neruda queda resumido en la frase que puso título a las memorias póstumas publicadas en 1974: "Confieso que he vivido..."



Como curiosidad, os dejo una reflexión de Neruda no sólo sobre su obra, sino también sobre su oficio. Y de regalo, los que quizá sean los poemas más famosos y reseñados dentro de la obra del poeta. El primero, perteneciente a "Cien sonetos de amor". El segundo, extraído del celebrado "Veinte poemas de amor y una canción desesperada".



La Poesía…

…Cuánta obra de arte… Ya no caben en el mundo… Hay que colgarlas fuera de las habitaciones… Cuánto libro… Cuánto librito… Quién es capaz de leerlos?… Si fueran comestibles… Si en una ola de gran apetito los hiciéramos ensalada, los picáramos, los aliñáramos… Ya no se puede más… Nos tienen hasta las coronillas… Se ahoga el mundo en la marea… Reverdy me decía: “Avisé al correo que no me los mandara. No podía abrirlos. No tenía sitio. Trepaban por los muros, temí una catástrofe, se desplomarían sobre mi cabeza… Todos conocen a Eliot… Antes de ser pintor, de dirigir teatros, de escribir luminosas críticas, leía mis versos… Yo me sentía halagado… Nadie los comprendía mejor… Hasta que un día comenzó a leerme los suyos y yo, egoístamente, corrí protestando: “no me los lea, no me los lea”… Me encerré en el baño, pero Eliot, a través de la puerta, me los leía… Me sentí muy triste… El poeta Frazer, de Escocia, estaba presente… Me increpó: “Por qué tratas así a Eliot?”… Le respondí: “No quiero perder mi lector. Lo he cultivado. Ha conocido hasta las arrugas de mi poesía… Tiene tanto talento… Puede hacer cuadros… Puede escribir ensayos… Pero quiero guardar este lector, conservarlo, regarlo como planta exótica… Tú no me comprendes, Frazer”… Porque la verdad, si esto sigue, los poetas publicarán sólo para otros poetas… Cada uno sacará un plaquette y la meterá en el bolsillo del otro… su poema… y lo dejará en el plato de otro… Quevedo lo dejó un día bajo la servilleta de un rey… eso sí valía la pena… O a pleno sol, la poesía en una plaza… O que los libros se desgasten, se despedacen en los dedos de la humana multitud… Pero esta publicación de poeta a poeta no me tienta, no me provoca, no me incita sino a emboscarme en la naturaleza, frente a una roca y a una ola, lejos de las editoriales, del papel impreso… La poesía ha perdido su vínculo con el lejano lector… Tiene que recobrarlo… Tiene que caminar en la oscuridad y encontrarse con el corazón del hombre, con los ojos de la mujer, con los desconocidos de las calles, de los que a cierta hora crepuscular, o en plena noche estrellada, necesitan aunque sea no más que un solo verso… Esa visita a lo imprevisto vale todo lo andado, todo lo leído, todo lo aprendido… Hay que perderse entre los que no conocemos para que de pronto recojan lo nuestro de la calle, de la arena, de las hojas caídas mil años en el mismo bosque… y tomen tiernamente ese objeto que hicimos nosotros… Sólo entonces seremos verdaderamente poetas… En ese objeto vivirá la poesía.



Soneto III

Áspero amor, violeta coronada de espinas,

matorral entre tantas pasiones erizado,

lanza de los dolores, corola de la cólera,

por qué caminos y cómo te dirigiste a mi alma?



Por qué precipitaste tu fuego doloroso,

de pronto, entre las hojas frías de mi camino?

Quién te enseñó los pasos que hasta mí te llevaron?

Qué flor, qué piedra, qué humo mostraron mi morada?



Lo cierto es que tembló la noche pavorosa,

el alba llenó todas las copas con su vino

y el sol estableció su presencia celeste,



mientras que el cruel amor me cercaba sin tregua

hasta que lacerándome con espadas y espinas

abrió en mi corazón un camino quemante.



Poema 15

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,

y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.

Parece que los ojos se te hubieran volado

y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma

emerges de las cosas, llena del alma mía.

Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,

y te pareces a la palabra melancolía;

Me gustas cuando callas y estás como distante.

Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.

Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:

déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio

claro como una lámpara, simple como un anillo.

Eres como la noche, callada y constelada.

Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.

Distante y dolorosa como si hubieras muerto.

Una palabra entonces, una sonrisa bastan.

Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

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